Alfareros del Lenguaje

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Bienvenidos a todos

Queremos compartir con todos vosotros, el nuevo blog de Alfareros. Os pedimos a todos que participéis en la creación del mismo; enviándonos vuestros artículos a publicaciones@alfareroslenguaje.org

Presentación

Fernando BaróPosted by Joaquin 09 Feb, 2016 13:05:49

Fernando José Baró (Madrid, 1966) Escritor. Anticuario.

Colaborador en las revistas literarias y los periódicos Letras de Cuenca (Cuenca), La Fumarola (Leganés), La hoja azul en blanco (Alcorcón), Lusones (Cuenca), Guadiela (Cuenca), el boletín literario del Café Gijón (Madrid), Portal del sur (Getafe) Al cabo de la calle (Getafe) y Horizonte de Letras (Alcorcón)

En Verbo Azul tiene publicado un breve ensayo sobre el desamor en 2004, En torno al desamor, más de 100 relatos en cuadernillos de Alcorcón, un libro de relatos presentado en la Feria del libro de Alcorcón en 2005, Nueva Residencia y otros relatos, y colaboración en un libro editado por el Café Gijón en conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote, El Quijote en el Gijón (2005) así como en el libro Madrid a Miguel Hernández (Desde el Café Gijón) (2012).

Asimismo ha colaborado en la Semana Cultural de la Villa de Gascueña (Cuenca) donde presentó la obra Historias de la Alcarria (2007) Ensoñaciones (2008) Venganza (2009) La dama inmóvil (2010) Retales (2011) Tomar partido (2012) El lado oscuro (2013) y Las arrugas del alma (2014). Dio el pregón de las fiestas de la Villa de Gascueña el verano de 2008.

Ha publicado también junto a otros autores conquenses el libro Gascueña, luz poesía y pensamiento (2008). En la colección Alcorcón a la imaginación de A.E.A Alfareros del Lenguaje ha editado Las arrugas del alma, 2014; Lujuria, 2015 y Rimas, 2014, este último bajo el seudónimo de José Terrón.

Con la editorial ENTRELINEAS vio la luz en 2015 El marqués de Alféizar, las memorias de un marqués decimonónico abrasado por la pasión de querer.

Fue premiado en Verbo Azul por la obra Ausencia de ti (2001) y finalista en el Primer Certamen Literario Verbo Azul por la narración Cambio de rumbo (2004).



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A JOSÉ QUESADA

Fernando BaróPosted by Joaquin 09 Feb, 2016 13:03:10

A JOSÉ QUESADA

Admirado fue por Rueda

romántico en su poesía

triste y corta fue su vida

su obra no fue estrenada

su nombre José Quesada

Fernando José Baró

José Quesada Mas escribía obras de teatro en verso. Según el poeta malagueño Salvador Rueda, era una gran promesa de escritor. Tenía aprobado el estreno de su primera obra en el Teatro Lirico Nacional cuando se quito la vida pegándose un tiro con veintiún años.




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A Mariano José Larra

Fernando BaróPosted by Joaquin 09 Feb, 2016 12:55:25

Hoy te he soñado mi amor bajo el mirador sombrío

haciendo calor, sentí frío

un día después de la cita

vine a ver a quien recita,

recita y compone mejor.

Recordando su tormento y su muerte por amor

sabiendo que el impulsor

lo dijera o no lo dijo

ya sabe cualquier lector

que fue Dolores Armijo.


Fernando José Baró



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Lavapiés

Fernando BaróPosted by Joaquin 09 Feb, 2016 12:51:18

Lavapiés, barrio pintoresco, cosmopolita, étnico, castizo, bohemio, chispero y gato. Amasijo de culturas, religiones y razas. Antigua judería donde en amplio abanico podemos encontrar Cafés más que centenarios como el Barbieri, carnicerías islámicas, bazares, locutorios, tiendas de chinos, almacenes al por mayor de bisutería, ropa y complementos, peluquerías afro-latinas, doner kebab, venta de artesanía, agencias de viajes asiáticas, africanas y latinoamericanas, estudios de tatuajes y piercing. Crisol de razas, lugar donde como en cualquier otro barrio de Madrid, de España o del Mundo, puede surgir una entrañable y bella historia de amor.

José, anticuario y escritor cuarentón, vivía en la calle Tribulete en una finca del siglo XVI rehabilitada y reformada magistralmente. Construcción estrecha de una sola altura más la baja, de fachada con un par de ventanas enrejadas escoltando el portal y tres balcones en su primera y única planta, más un par de tragaluces abuhardillados en su tejado. Inmueble pintado en claros tonos ocres y en el que destaca el rojo de las contraventanas de madera de sus balcones y la cubierta de roja teja árabe.

Moraba en un precioso dúplex. Su vivienda constaba de un amplio salón comedor en la entrada con dos balcones a la calle, un cuarto de baño y una cocina cuyas ventanas daban a un patio interior poco soleado, más un acogedor dormitorio a más altura que el resto de la vivienda, lugar al que se accedía desde el salón por unas escaleras de madera de nogal labradas como salidas de un cuento.

El lecho, sitio para el descanso y para el placer, consistía en una tarima baja de madera clara a pocos centímetros del suelo. Amplia cama de sábanas de algodón, más colcha y grandes almohadones del mejor lino. Como cabecero colgada en la pared una reproducción en óleo sobre lienzo del cuadro “El origen del mundo” del pintor francés Gustave Courbet. Una mesilla baja asiática de madera decapada, a juego, con un gran butacón y un arcón indonesio, completaban el mobiliario minimalista de aquel cuarto iluminado por un gran ventanal desde donde podía verse la archiconocida Corrala ubicada entre las calles de Tribulete, Mesón de Paredes y Sombrerete. Corrala que pudo ser el escenario de La Revoltosa, zarzuela escrita por López Silva y Fernández Shaw, musicada por el maestro Ruperto Chapí.

También desde el dormitorio-desván podían verse las ruinas del colegio de la orden de los Escolapios, las Escuelas Pías de San Fernando construidas entre 1763 y 1791 y destruidas en incendio en 1936, durante los primeros días de la Guerra Civil. En la imagen destaca el enorme arco de medio punto rematado por el escudo de dichas escuelas.

José acudía cada anochecer al Café Barbieri, -local de grandes ventanales, paredes desconchadas, medallones enyesados en sus techos, piano antiguo de pared en su primera planta, espejos de 1900 y veladores de mármol, que aún conserva el encanto y la decoración decimonónica de antaño- a tomar un par de gin tonic mientras escribía algunos de sus poemas, relatos y narraciones. Libros que son publicados en las Ferias del libro de Alcorcón y Cuenca. También allí, negociaba alguna de sus compra-ventas de antigüedades. Este Café que lleva el nombre del compositor madrileño del siglo XIX Francisco Asenjo Barbieri, considerado el padre de la zarzuela, se encuentra en la calle Ave María esquina con la travesía de la Primavera.

Una noche entró en el Café una bella e insinuante jovencita de pelo negro y abundante -tan negro que daba en azul- de mirada intrigante y sensual, de bellos ojos verdes, como las selvas vírgenes, como a veces lo es el mar. Tras quitarse el abrigo beige y la bufanda escocesa y terminar de hablar por el móvil dejó ver sobre su cuerpecito un traje de falda gris y blanco tableado de morbosa y excitante colegiala y unas frágiles piernas enfundadas en unas provocadoras medias negras de lycra. En los pies llevaba puestas unas botas altas que estilizaban más si cabe su figura.

Aquella atractiva joven de trasero insinuante acaba de entrar en el Café Barbieri y José, escritor bohemio, anticuario y buscavidas, tras verla, quedó prendado de sus bellos ojos y de su provocativa forma de caminar.

Al día siguiente la vio comprando en el mercado de San Fernando. La saludó y ella, algo extrañada al no conocerle, le devolvió el saludo.

No volvió a cruzarse con ella hasta una semana después, también en el Barbieri. Esta vez José le pagó el café y ella dándole las gracias, tras consumirlo, abandonó el local.

Al cabo de unos días el anticuario entró una noche en el Barbieri y vio a aquella mujer sentada en uno de los veladores de mármol degustando un café y fumando un cigarrillo. A José siempre le había dado morbo ver a una mujer atractiva fumando, le parecía una imagen muy sensual. Se acercó a ella y abordándola, le pidió permiso para compartir su mesa. Casi con resignación y desgana la joven y bella morena accedió a ello.

“Otro pesado más”-pensó la joven.

José además de ser un hombre educado, poseía buena labia -más si cabe con las mujeres- y mostró sus mejores armas, sacando sus notables dotes de seducción. En aquella velada que duró poco más de hora y media, José le hizo sonreír en varias ocasiones y, tras consumir un par de cafés, quedaron en cenar juntos.

A ella, a primera vista le pareció un hombre amable, culto, algo bohemio y sobre todo muy interesante.

La cena tuvo lugar en El Granero de Lavapiés, restaurante de cocina vegetariana, ubicado en la calle Argumosa, calle en la que curiosamente vivía la joven. Había nacido hacía treinta años en el centro de Madrid y era profesora de Bellas Artes.

José, mientras ella le contaba su oficio y vocación, admirando aquellos bellos y verdes ojos, pensó que ni ella ni el mejor de sus alumnos podrían plasmarla en lienzo al ser una mujer verdaderamente hermosa y sensual.

Quedaron para ver una obra en el teatro Valle-Inclán -escritor gallego de la Generación del 98 que vivió en la plaza del Progreso, actual plaza Tirso de Molina- el Centro Dramático Nacional, antiguo teatro Olimpia.

Al salir del teatro se fueron a tomar una copa a una cervecería llamada la Buga del Lobo. Local con todas sus paredes pintadas en vivos colores de figuras reales e imaginadas como salidas de un cómic. José la cogió de la mano y la joven se dejó hacer. Estuvieron toda la noche hablando, riendo y mirándose a los ojos y nuestro protagonista no dejó de acariciar las frágiles manos de la mujer que empezaba a quitarle el sueño. Al despedirse en el portal donde ella vivía se besaron en los labios. A partir de ese día podía considerarse que eran pareja. José estaba henchido de felicidad por compartir su vida con una mujer tan hermosa.

Varios domingos por la mañana fueron al Rastro y José le fue enseñando las mejores almonedas y tiendas de antigüedades de la Ribera de Curtidores. Estuvieron en Nuevas Galerías y en Galerías Piquer. La presentó a algunos de sus colaboradores habituales en la compra-venta de objetos antiguos y posteriormente recorrieron las tascas y tabernas más típicas del barrio. Comieron caracoles en la calle de Toledo, tomaron vinos, huevos estrellados, rabo de toro y tortilla de San Isidro en la famosa taberna más que centenaria del torero Antonio Sánchez en la calle Mesón de Paredes, local inaugurado en 1830 que aún conserva su mostrador de zinc, sus veladores de mármol y un cartel que prohíbe escupir en el suelo. Degustaron la famosa ensaladilla rusa de la bodega de la calle de Cabestreros y su vermú de grifo, donde en las inmediaciones se encuentra la única fuente madrileña en la que siguen grabadas las palabras: República Española, y que pasaron inadvertidas durante los cuarenta años de dictadura franquista.

A la joven le pareció curiosa la definición, según el gremio, de qué es un anticuario: “Alguien que empieza con una silla y mil euros y acaba con mil sillas y un euro”.

Como en todas las parejas que se quieren y se desean llegó el día en que ella estaba preparada y necesitaba compartir cuerpo y lecho con su pareja. Tras cenar en el vegetariano, como un fin de semana más, decidieron pasar la noche juntos en casa de José. Subieron al dormitorio y se fueron desnudando entre besos y caricias. Para la ocasión, ella llevaba puesto un conjunto negro transparente compuesto por una braguita culot y un sujetador a juego. A través de la lycra, podían verse sus lujuriosos y gustosos pezones, su insinuante, codiciado y bien puesto trasero y el ansiado y atrayente vello púbico negro de su monte de Venus, antesala de su deseado sexo. Estaba preciosa y apetecible en exceso.

En el lecho fueron descubriendo sus placeres más ocultos, sus apetitos y necesidades más íntimas. Todo era acariciado, tocado, besado y lamido con una imperiosa necesidad. José se detuvo en los pequeños pechos de su compañera y se regodeó chupándole los oscuros pezones mientras ella se moría de gusto soltando gemidos de placer.

Estaban desbocados y henchidos de deseo y pasión. Las manos no dejaban piel sin tocar, sin acariciar, los labios no cejaban de besarlo todo, las lenguas no paraban de lamer. José vivía un sueño hecho realidad al poder disfrutar de esa atractiva mujer. Entró en ella, en lo más hondo de su cueva umbría como entra la llave en la cerradura recién aceitada, intercambiaron besos mientras las cinturas trabajaban sin descanso. El dormitorio se llenó de gratos gemidos, de pasión desmedida, de gustosos jadeos, de palabras obscenas y de olor a hembra apetitosa.

Al amanecer, con los primeros rayos de luz entrando por el amplio ventanal; desfogados y rendidos se quedaron dormidos.

Fue si cabe mejor de lo esperado. Ella era una buena hembra en la cama, una joven dulce y cariñosa pero sin límites a la hora de gozar completamente, de complacerse y satisfacer a su hombre y José con sus años y experiencias con otras mujeres, sabía como saciar plenamente, sexualmente a una mujer sin dejar de darle el amor y la ternura tan necesarios en una relación.

Se abría ante ellos una nueva historia cargada de sueños por cumplir, de deseos por conseguir, de vida en común.



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